Inerte cayó de su recuerdo
como una joya dejada caer desde la palma de su vana existencia
como un cometa que cruzó un cielo enlutado por la pena,
perdido viajando en una gota de sal en el océano de los días,
prendido en estrellas lejanas, cautivado ante ese espejismo.
Inertes se mueven sus miembros
como ramas secas clavadas en el lodo de las horas,
que como agujas penetran sus nervios paralizando los días,
estancando las estaciones agarradas para no caer
a las crines salvajes de la realidad.
Inerte se muestra en sus ojos
la obtusa sensación de incredulidad vivida
por no reconocerse en los lugares que habita,
por sentirse anillado, extraño en los brazos,
respirando el aire que inhala su espejo.
Inerte como un planeta vacío,
sin sístole ni diástole, parado y en espera
un viaje sin retorno al sol
desesperadamente montado en sus sentimientos
corriendo para no moverse.
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