
Una vez escribí en tinta de sangre,
con palabras que se diluyeron confusas
esquivando los cuerpos que ahora comparto,
posandose vacuas en extraños rincones.
Esa vez me volvió un agnóstico empedernido
la sola realidad alimenta mis huesos,
bebí tanto de la fuente confusa
que en mi es ya placebo sin efecto
no tengo fé en las palabras
no creo en mis sentidos
sólo creo en mi existencia por el dolor de mi cuerpo asi como
las gotas de sudor que caen en mi rostro,
en ese estúpido escenario de edificios grises contra cielos azules
el plasma incandescente de la superficie solar
que convierten el asfalto en una barbacoa de carne humana
la tormenta de rayos ultravioletas
que queman la piel luchando contra la protección veinte,
la envidiable dureza del material de las rocas
el derroche de vida a borbotones de los hijares
el empeño salvaje de la propia naturaleza,
la realidad dominada por la estúpida persistencia.
No creo en esta forma de vida,
en estos caminos que agrietan la piel,
y endurecen de acero gris lo blando de nuestro ser,
que poco a poco se adueña de nuestro alma
eliminando fragmentos preciosos
pequeñas lagrimas de diamantes
el rojo de nuestros labios
la carne de nuestros sentimientos,
famélicos por dentro ignorándolo
rellenos de plástico encadenados a la superficie.
Cuando termine mi vida
quiero sentir el dolor de mi espalda sobre la cama
el calor o el frio recorrerme la carne,
quiero inhalar este aire envenenado,
abrir la ventana y ver el decorado
recordarme lo inutil de mis actos de inocencia
y pedir aqui su fundido en negro.