lunes, 20 de abril de 2009

Ad imo pectore, alea iacta est

Aquel día de invierno debí quedarme mudo,
nunca tuve que haberme levantado,
me odio imaginandome entonces,
dejandome llevar por la tormenta,
sin saberlo y destrozando todo lo bello que había en mi vida,
nunca actos tan simple tuvieron un efecto tan destructivo,
no sabía que al comportandome de esa manera no sólo te dejaba a tí,
lo que hacía, oh Dios lo que estaba haciendo,
era enterrar mi alma bajo un grueso manto de nieve,
arrancar sus alas como un niño travieso,
sacrificar un sueño, lo que más quería,
tirar los años de nuestra vida,
clavar mi corazón en una estaca,
estirpar tu presencia y
provocarme un profundo vacio en mi pecho.
Aquel día de invierno debí haber muerto,
no se como pude seguir recorriendo todas esas calles,
no se como pude convertir todas esas tripas en corazón, y hacerlas latir,
poder seguir llevando la exitencia entre esos dos mundos,
la tediosa realidad y este constante recuerdo y deseo de tí.
Y Ahora me doy cuenta que no se puede renunciar a uno mismo,
no puedo renunciar a mi propia naturaleza, a lo que anhelo, a lo que siento,
porque es más precioso un minuto a tu lado que diez años de tediosa parsimonia,
porque he vivido anestesiado hasta las cejas, insensible, como un pedazo de carne doliente
en eterna penitencia.
No puedo renunciar a lo que soy, y lo que soy es una parte de tí.
No puedo renunciar a lo que eres, y lo que eres es la pieza principal de puzzle de mi alma, de mi cuerpo y de mi corazón.
Todo va recuperando su orden y su sentido, se tejen poco a poco los patrones de la realidad
que siempre debiera haber sido, y yo voy a marcarles el camino.
Pero no puedo terminar sin pedirte perdón,
perdoname por ser tan pusilanime,
tan fatalmente inconsecuente, tan ciego a la propia realidad,
perdoname por haber provocado la reacción en cadena de tu vida,
por haber traicionado estos lazos eternos,
por haberte sustituido por extraños fantasmas.
Pero sobre todo amor, perdoname por no haber estado a tu lado
en los peores y en los mejores momentos de tu vida,
por no haber reido y llorado contigo,
por no haber estado cuando me más me necesitabas,
por haber sido tan asquerosamente capullo.

Desde el fondo de mi corazón la suerte está echada.

No hay comentarios:

Después... El sol asoma y el mar seguirá muriendo la arena. En tu huella desnuda meteré el pie y sabré que estamos aquí, aún, y ahora.