
Te ví apoyada contra la ventana,
reflejada en la blanca mañana,
tus huellas recientes en los charcos de agua,
sobre la acera, la hierba mojada.
Sentí tu aroma en la brisa tardia,
en el transcurrir acelerado de la gente,
secreto en sus vidas
tan oculto y tan cierto,
extraño, casi desesperado.
Escuche tu apresurado andar,
como un reloj que marca las horas,
cantarle dulce una nana a un niño,
en la penumbra de esa casa,
sonido tan hermoso, silencio de un sueño.
Sentir tu piel en una hoja, en una rosa,
suave y caliente al sol de mayo,
tu calor extenderse por mis venas,
el fuego esparcirse incontrolable en un latido,
en un pensamiento.
Como la luz eterna,
colandose a través de la persiana,
rasgando la oscuridad de mi rostro,
como una especie de llama,
que se posa en el chocolate de mis pupilas,
atrae como mariposa, a esa luz eterna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario